La sin par Venecia

No hay en la Historia ejemplo de una caída tan dolorosa como la de Venecia. Si no fuese por su belleza, por el encanto que ofrece su vida anfibia, esta ciudad estaría tan muerta como Pisa, y sus antiguos palacios, convertidos en madrigueras de ratas y murciélagos, sólo resonarían con los pasos de algún artista curioso.

Todo se ha extinguido: el poderío de la ciudad y las famosas familias que componían aquel patriciado veneciano, con el cual príncipes y reyes, faltos de dinero o de barcos, no tenían escrúpulo en emparentar.

Así como la ciudad perdiósus posesiones de Candía, Chipre y Morea, fueron muriendo sin sucesión los personajes que, desde el fondo de sus palacios, con las cuevas henchidas de oro y una verdadera flota comercial en todo el Mediterráneo, se disputaban cubrirse con la Cornuda mitra de oro y el manto de brocado de los Dogas. De aquel interminable catálogo de Dándolos, Foscaris, Candianos, Contarinis, Falieros, Tiépolos, Gradénigos, Mocenigos, Bembos y Cornaros, invencibles marinos o sabios diplomáticos, hoy sólo queda un Morosini como representante de la muerta gloria de Venecia, el cual se aburre dignamente en el fondo de su hermoso palacio, como un gran señor tan sobrado de pergaminos como falto de dinero, sin otro consuelo que contemplar los retratos de seis abuelos que fueron Dogas y se casaron con el mar en señal de perpetuo señorito.

Los Foscaris, otra rama famosa de la nobleza veneciana, se extinguieron hace poco tiempo, en las personas de dos octogenarias señoras, sordas y medio ciegas, que vivían casi sin muebles y sin pan en los vastos salones de sus antepasados, cubiertos de preciosidades artísticas que no se atrevían a tocar, dominadas por el respeto al glorioso pasado.

Hoy, este palacio, con sus ventanales bordados y las balaustradas, en que el mármol se retuerce con sutiles filamentos, cual impalpables suspiros de la piedra, lo mismo que otras viviendas del patriciado veneciano, son propiedad de antiguos leñadores de los Estados Unidos o de fabricantes de algodón de Londres, que desean tener aquí una casa para pasar quince días en el invierno y tenderse a los postres, borrachos de cerveza y jerez, en los divanes que un Dándolo o un Morosini trajo de las conquistas de Oriente.

Hay que pasar muchas horas en San Marcos, en el Palacio Ducal o en el Archivo del Estado, para darse exacta cuenta del poder y la grandiosidad de aquella República.

Un éxodo de familias fugitivas ante la horrenda invasión de Atila, se refugia en las lagunas adriáticas a principios del Siglo V, y surge dos siglos después la República veneciana con su primer Doga, que fue Pablo Lucio Anafesto.

La nueva nacionalidad ve ante sus ojos el verde Adriático, que es el camino de Oriente, y se propone hacerlo suyo hasta que llegue el día en que el Doga pueda arrojar su anillo nupcial a las olas; como esposas dóciles y sumisas. Istria y Dalmacia, toda la ribera oriental del Adriático, cae en poder de los venecianos, que, cubiertos de hierro sobre las proas de sus galeras pintadas de rojo, aspiran a la conquista del antiguo mundo, como si fuesen los herederos de Roma. El suelo ingrato y salitroso de las lagunas no produce nada y apenas si les concede espacio suficiente para sus viviendas. El pan para ellos está en el mar, y tras la nave de guerra, que atemoriza y conquista, llega la galera comercial, que sirve de intermediaria con el resto de Europa, y se apodera del oro de todas las naciones a cambio de la seda, de las especias y perfumes que produce el Oriente.

La loca aventura de las Cruzadas cimenta su poderío. Los venecianos son los arrieros encargados de acarrear hacia la Tierra Santa el fervor del exterminio religioso que a la voz de los Papas surge en todos los pueblos, y saben cobrarse por partida doble sus servicios, quedándose como señores absolutos de los puertos de Palestina, conquistados por el valor de los cruzados.

La República tiene un Cid, que se llama Enrique Dándolo, el cual se apodera de Constantinopla y clava, para muchos siglos, la bandera de San Marcos en Negroponto, Candía y la mayor parte del archipiélago griego. Los celos de su rival Génova, la Venecia del Mediterráneo, producen las sangrientas guerras de Jaffa y de Chioggia; pero, repuesta de tales desastres, se engrandece audazmente en tierra firme, haciéndose dueña de la Marea Trevisana y de los Estados de Padua y Brescia. ¡Qué época de grandiosidad! Venecia aparece en la Historia tan hábil y poderosa como la Inglaterra moderna. Sus naves dominan el mar; el oro de todo el mundo afluye al Palacio Ducal; los venecianos se dedican en absoluto al comercio, comprendiendo que el dinero de los mercaderes es el arma más invencible, y dejan al cuidado de defender la República a un ejército voluntario espléndidamente retribuido, en le que figuran los más audaces aventureros del mundo.
¡Ciudad gloriosa, que, en el interior de sus palacios y en sus plazas, hace que la piedra adopte formas cuya belleza rivaliza con el encanto que parece cernerse sobre las lagunas! ¡Metrópoli que tuvo arquitectos capaces de producir esas maravillosas mansiones que el arte moderno jamás se cansará de reproducir, y que hizo pintar sus iglesias, desde el zócalo hasta la cúpula, por la brillante procesión de artistas que llenan un siglo y se titulan, con orgullo, escuela veneciana!

Hasta la gente es aquí mejor que en el resto de Italia. Los gondoleros, esbeltos, de tez rojiza y hermosos bigotes rubios, parecen tener conciencia de su glorioso pasado y no quieren mancharlo con servil oficiosidad. Muestran la afable y grave cortesía de nuestros antiguos hidalgos; son francos e incapaces de abusar del que llega, y en toda su persona, gallarda y seria, hay tanto de español como en su sonoro dialecto, compuesto de tantas palabras castellanas como italianas.

¿Y las mujeres? Es un consuelo llegar a Venecia después de un largo viaje por el resto de Italia.

Iba a entrar en la plaza de San Marcos, cuando en un puente me encontré con una mujer. Era la primera que veía en Venecia, y experimenté la mayor sorpresa ante su peinado en puntiagudo topo, con sortijillas sobre la frente; el pañuelo de crespón, terciado sobre el busto, con los flecos casi arrastrando; la falda negra, ondeante; con el paso menudo y gracioso de unos pies pequeños, cuidadosamente calzados, y el brazo en movimiento, con marcialidad femenil española.

Por un momento creí estar en Madrid, en plena calle de Toledo o a la puerta de la Fábrica de Tabacos. Era propiamente, por su tipo y por su garbo, una «maestra de taller»; y tal vez lo fuese, pues aquí está la principal elaboración de tabacos de Italia, y casi todas las venecianas del pueblo, son cigarreras. En el primer momento de sorpresa la creí una española, pero a los pocos pasos ya había visto docenas de airosos pañolones negros, de peinados de chula y lindos piececitos de airoso pisar.

Las venecianas son de poca estatura, regordetas y gallardas, con grandes ojos negros y una palidez de arroz moreno, agraciada con lunares. Ellas mismasaseguran que se asemejan mucho a las españolas, y lo dicen con orgullo, satisfechas del parecido. Hacen oír, en medio de la calle, con entera libertad, sus vocecitas de niñas; son bravías; responden con una gracia puramente madrileña a los requiebros; se burlan chuscamente de los viajeros austriacos, con sus chapeos emplumados, y de las pantorrillas al aire de los ingleses; y a pesar de esta desenvoltura, Venecia es, indudablemente, la ciudad italiana en que existe menos corrupción.

Entré en la plaza de San Marcos, y antes que los famosos monumentos que cierran su fondo, atrajeron mi atención los famosos palomos de la plaza.

Están a miles, con su negro plumaje y el movible cuello cercado de reflejos metálicos, saltando como enjambre de pulgas sobre el pavimento de mármol, aleteando de un extremo a otro de la plaza, remontándose para descansar en los relieves de los palacios o volando en apretado escuadrón sobre el primero que llegue y les ofrece miga de pan o un puñado de maíz.

Pocos tienen más plena conciencia de su libertad y sus derechos. Saben que son los señores de Venecia, que nadie se atreverá a romper el respeto tradicional causándoles el menor daño, y corretean seguros por entre los pies de los transeúntes; se agarran a los bolsillos y hunden en ellos su cabeza para escudriñar si hay algo comible; reposan tranquilamente sobre el hombro de las señoras, acariciándolas el rostro con mimoso halago de libertino, o se os plantan sobre el sombrero, tiesos y con las alas abiertas, lo que os a la apariencia de uno de aquellos paladines de la Edad Media que llevaban los yelmos coronados por fantásticas aves.

Las tradiciones venecianas aseguran que al Doga Enrique Dándolo le prestaron grandes servicios los palomos en el asedio de Candía, y de entonces, como muestra de agradecimiento, data la hospitalidad cariñosa que Venecia concede a estas aves. Todas las tardes, a las dos, se abre una ventana del Palacio de la Procuraduría Vieja y acuden en tropel estos bohemios aislados para comerse un saco o más de su maíz, que en otros tiempos pagaba la señoría y ahora los regala el Municipio, para que no se pierda la original costumbre.

Y esto, para ellos, no es más que el almuerzo, pues además cuentan con los extranjeros, las señoras y los niños, que no pasan nunca por la plaza de San Marcos sin llenarse las manos de maíz y reír como locos al verse cubiertos, de cabeza a pies, por una nube de plumas, de picos, de rosadas patas que se agarran al traje con la confianza de chicuelos mimados, cuyas gracias son siempre bien recibidas.

Contemplaba yo con envidia este tropel de alegres bohemios, que tienen por casa Venecia entera y saludan con la caricia de su apetito insaciable a todo el que llega.

¡Qué vida tan hermosa! La pitanza asegurada con exceso; un traje vistoso, fino como la seda y que jamás se rompe; la más hermosa y poética de las vagancias; una alcoba en cada hueco de la crestería del palacio Ducal; por casa, la más hermosa de las ciudades; como manteles, guantes de piel de Rusia o manos de nácar, y bula completa para besar a todas las hermosas inglesitas o esculturales alemanas, que parecen escapadas de un cuadro de Rubens, las cuales echan atrás la rubia cabellera y entornan los ojos con trémulo abandono al sentir en los frescos labios el cosquilleante pico.

¿Qué más puede pedirse? Por esto, desde ahora, por si alguna vez he de retornar a este mundo, donde la vida es una interminable serie de crímenes morales por conquistar la peseta, solicito del encargado de arreglar estas cosas que me tenga presente en el escalafón, reservándome una plaza de palomo de San Marcos.

Vía: abc

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